16 abr 2026

El Nido de Humo y Azúcar



Cuando no soy poeta, soy pastelera, hoy mis pensamientos corrieron entre Kuchenes y pie de nuez
Creo que nos sucede a casi todas las madres.


La tarde cae sobre los cerros y yo sigo aquí habitando ese silencio que solo dejan los hijos cuando crecen, sostengo una taza de café que ya no necesita calentar; mis ojos miran la puerta por la costumbre de haberla guardado durante años. Las teteras silban nombres que hoy son adultos, voces que resuenan en otros hogares, pero para mi el tiempo en esa cocina no ha pasado.
Cocinar esas "cositas ricas" es mi forma de rezar, cada pizca de azúcar es un deseo de dulzura para sus vidas, y el calor del fogón es el abrazo que no puedo darles en persona.
De pronto, el vapor del café se mezcla con el aire frío y la mesa vacía se transforma, el silencio hace el ruido de las almohadas chocando y las risas agudas que llenaban la casa de vida, es la batalla sagrada donde no había bandos; vuelan las plumas como nieve y los hijos chiquitos, despeinados y felices, se lanzan sobre mi en un abrazo eterno. Yo intento poner orden entre risas que me ganan la partida. Las plumas se pegan a las pestañas y se convierten en nubes.
Sonrío mirando a los cerros, porque sé que esas travesuras están guardadas en el fondo de la tetera, como piedras de río que vibran cada vez que los recuerdo. Mis hijos han crecido, pero son mi refugio, guardo el secreto con una calma trasfigurada.
Una pequeña avecita se posa en la rama del viejo árbol frente a la ventana. La miro y reconozco su aleteo esa "mi paloma fugitiva": la hija que partió antes de tiempo, dejando un nido vacío que ninguna palabra puede llenar. En este rincón del campo, el dolor no se grita, se amasa como el pan y se entibia en el fogón. Hay una paz secreta en saber que mi hija vive en el brillo de la primera estrella sobre el cerro.
El calendario marca una fecha cercana me amarro el delantal y empiezo en la mente, a preparar el pastel imaginario batiendo con suavidad cada recuerdo y el calor de las mañanas de domingo y de guerra de almohadas.
—Feliz cumpleaños, hija mía —susurro con los ojos húmedos pero el alma serena.
Al apagar la luz de la cocina, envío al viento un "nanay, nanay", sabiendo que ese bálsamo de amor llega a todos mis hijos: los que caminan lejos y la que vuela alto, y el nudo en la garganta se agiganta, ellos, mis hijos son el origen de todo consuelo, y en su voces, el dolor siempre encuentra su fin,

Guillermina Covarrubias Medina
17 de abril 2026
D.R.

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